El pecado de ser nicaragüense

Aunque siempre he sabido que los nicas en Costa Rica no son tratados como al resto de centroamericanos, hace un par de meses, cuando tuve que hacer una escala en el aeropuerto Juan Santamaría de San José, me sentí como si fuera yo un delincuente. Si, yo, que en mi vida sólo una vez me he robado algo y fui motivo de broma porque era una caja de fósforos vacía -pero es que era tan linda la caja- que recuerdo a mi amigo Roberto decirme “sos tan honrada que cuando te robás algo, es una caja de fósforos vacía.

Pero bueno, a lo que vine a contarles. Para subir al avión en Managua no hubo ningún problema. Cuando bajé en el aeropuerto costarricense tampoco. Hasta el momento nadie sabía que yo era nicaragüense.

La escala duraba siete horas y media. Y un par de horas antes de subir al avión, una voz desde los altavoces me pide que me presente en la puerta de abordaje número 17. En mis maletas llevaba una bolsa de café y otra de frijoles para no extrañar los primeros día el sabor de Nicaragua. Pensé automáticamente que se trataba de eso.

Puesta en la puerta, una señorita de baja estatura, piel blanca, pelo claro y con obvio acento tico, me dice, “Velia, acá tenemos que usted regresa de España el tres de julio, pero usted no tiene visa para entrar a Costa Rica”. No la dejé continuar. Inmediatamente le respondí que no necesitaba visa para ingresar a su país porque únicamente estaba en el aeropuerto y no tenía intención alguna de salir a conocer la “Suiza Centroamericana”. Ella insistió en que como no tenía visa y ellos en su sistema no encontraban mi boleto de regreso a Managua, no podía dejarme subir al avión que me llevaría a Madrid, para prevenir algo que pasaría en doce meses. Sigue leyendo