#Yodeniña en los 90’s

Hoy es el día del niño y en Twitter alguien decidió hacer honor aquellos años en los que sólo nos preocupaba que no nos ‘congelaran’ mientras corríamos por la calle con los amigos de la cuadra. Aunque en honor a la verdad, yo no tenía que preocuparme, siempre fui la mantequilla de todos los juegos habidos y por haber que se jugaron en esa calle que nada tiene que ver ahora con lo que fue. Y aunque en ocasiones quisiera que el Multicentro Las Américas desapareciera, sobre todo por el ruido de los fines de semana, seguro mi perro agradece que lo que hay frente a mi casa, no sea ese monte que por años fue un nido de garrapatas.

Digo esto porque generalmente creemos que todo tiempo pasado fue mejor y no sé si realmente quisiera volver a la niñez. El hashtag de #Yodeniño me recordó ciertas cosas que me gustaría volver a hacer, como comer las famosas pastillas de los Picapiedras que hace años desaparecieron de los supermercados.

Yo no conté granadas ni fusiles, no encontré piezas de Aks y ni siquiera recuerdo haber visto a mi viejo con su uniforme militar. Nací en 1989, y aunque muchos que se sienten más viejos que yo no me lo crean, sí llegué a ver a Los Pitufos. Y no era la Pitufina mi personaje azul favorito, yo simplemente amaba a Vanidoso, tanto que le puse ese nombre a un ternero cuando tenía seis o siete años.

La década de mi niñez fue entonces la de 1990 y la verdad la recuerdo muy poco. Como fui la menor por varios años, no me dejaron tirarme a recoger caramelos cuando alguien quebraba la piñata -cosa que yo nunca logré porque ni sin pañuelo logré darle con fuerzas-, muchas veces mis primos y mi hermana no me querían dejar jugar con ellos porque sabían que si me golpeaba, seguramente la regañada no sería tan divertida como jugar a que las calabazas eran conejos que cazaban en el monte y luego asaban en el fuego, mientras yo sólo los veía. Y ya con el tiempo dejó de interesarme jugar con ellos. Y tal vez porque fue una década aburrida he olvidado más de lo que quisiera.

Sólo recuerdo de esos años algo que mi piel ha ido borrando con el paso del tiempo. Aquellas vacaciones en Ocotal con los primos y mi hermana en las que comíamos despeinadas y jugábamos en el corral y nos subíamos una vieja carreta de bueyes. Ahí saltábamos y con el peso de nuestro cuerpo la carreta se convertía en un sube y baja colectivo. Cuando nos cansamos de tanto salto bajamos y por alguna razón que no logramos recordar, a mí, se me ocurrió pasar por debajo del yugo de la carreta. Creo ha sido la herida menos dolorosa de mi vida y a la vez la más tonta.

Mientras me arrastraba en la tierra para pasar al otro lado, el peso de la carreta cayó sobre mi espalda y mi frente se encontró con una piedra de un tamaño considerable. Debo confesar que no me di cuenta de nada, hasta que vi la cara de pánico de mi hermana que cobardemente no se atrevió a decirme que tenía la frente llena de sangre porque sabía que pasaría lo que iba a pasar. Yo me toqué la frente, sentí la humedad y cuando vi mis dedos manchados de rojo no hice más que llorar. Lo demás es confuso. Pero es el mejor recuerdo de mi niñez, en especial, porque por no tener, no tengo cicatrices de esa época.

No hubo parques, porque en Bello Horizonte siempre han estado abandonados y hasta hace unos siete años sólo encontrabas los restos de un resbaladero y un tipo que vendía crack o marihuana. Tampoco hubo niños porque estudié en un colegio de mujeres hasta que en tercer año de la secundaria me rebelé y a un mes de empezar el curso convencí a mis papás de cambiarme de colegio. Los cumpleaños no me gustaban porque en el juego de las sillas siempre perdía o me hacían trampa y de todas formas llevaba pocos caramelos. La Navidad se resumía a una cena en la tina de una camioneta Toyota del ’90 parqueada frente a Enitel – quizás por eso se me sale el Grinch todos los diciembre- porque a mi mamá siempre le tocaba turno en esas fechas y las fiestas se convertían en una cena en la calle a las diez de la noche.

Sí hubo muchos gatorades y emulsión de Scott sabor naranja, pánico a las abispas después de haberme hinchado a los seis años cuando sin querer apreté un panal mientras intentaba hacer que saliera agua del bebedero del colegio, muchas caídas, canciones de Xuxa. Tita Ternura salía en la tele todos los fines de semana, Candy y también Los Simpsons que veía con mi tío que ahora es sacerdote y que más que un tío es como un hermano.

Pero sobre todo, estuvo -y aún está- una mujer que aunque me convenció de no rascarme cuando tuve varicela, me durmió cientos de veces, me hizo el famoso “frescoquelimon” y tantas cosas más. Ella es la responsable de la única marca que me quedó de esa semana de mi vida. Mi mina que me puso una curita para que no se viera el único grano que había visible y que al quitarla me dejó una cicatriz redonda en el borde de la ceja derecha.

Y aunque pueda parecer amargada, creo que no todo tiempo pasado fue mejor, porque les aseguro es la fecha y no se me ocurre pasar por debajo de una carreta de bueyes, aunque cuando recuerdo nuestras caras me parto de la risa.

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